Belchite

24.9.2012

Tras la más que satisfactoria experiencia en las Bardenas Reales, pusimos el broche de oro al día y a la escapada visitando las ruinas del pueblo viejo de Belchite.

Belchite significa etimológicamente Bello Lugar, pero el destino ha sido tan caprichoso con él que lo ha convertido, paradójicamente, en uno de los lugares más escalofriantes, truculentos y malditos de España.

Escenario de muchos enfrentamientos a lo largo de la historia, son dos las batallas que más se recuerdan por su repercusión para la historia de España y del propio pueblo.

La primera de ellas aconteció en 1809, entre franceses y españoles, enfrentados en la Guerra de la Independencia Española. La victoria francesa otorgó al pueblo el dudoso honor de que Napoleón inscribiera su nombre en el Arco del Triunfo de París.

Más sonada y devastadora fue la Batalla de Belchite, disputada en 1938, en plena Guerra Civil. La conquista de Belchite por parte del bando republicano era vital estratégicamente para afrontar la conquista de Zaragoza. La batalla que se fraguó tras su ofensiva tuvo un efecto devastador sobre el pueblo y se cobró la vida de 6.000 personas, entre soldados y civiles, en apenas unos días. Pese a la victoria del bando republicano, la crudeza de la contienda supuso tan elevado coste que hizo fracasar su avance hacia la capital maña.

El pueblo quedó completamente arrasado, pero Franco, una vez finalizada la Guerra Civil, decidió dejarlo así como recuerdo del enfrentamiento y promovió la construcción de Belchite Nuevo, llevada a cabo por prisioneros republicanos a modo de venganza.

A día de hoy, el pueblo viejo de Belchite está considerado como uno de los más visitados de España año tras año, pese a no estar acondicionado para el turismo. Miles de personas acuden con diferentes motivaciones: historia, fotografía, esoterismo,…

Dice la leyenda que las almas de los fallecidos durante la Batalla de Belchite aún pasean por su calles. Nosotros no sentimos la presencia de ninguna, pero sí todo el dolor que transmiten sus ruinas. He aquí mi modesto reportaje fotográfico.

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Rumbo a Barcelona, decidimos volver por carreteras secundarias hasta enlazar la A-2 a la altura de Lleida. Merece una mención especial el tramo de Belchite a Caspe a través de la A-1307 y la A-1404. A lo largo de 70 km nos cruzamos con apenas 7-8 coches, atravesando una región prácticamente desértica.

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Una última parada para contemplar el embalse de Mequinenza y buscar siluros, sin éxito alguno, nos permitió recuperar fuerzas para terminar nuestro regreso a Barcelona.

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Bardenas Reales

24.9.2012

Las Bardenas Reales eran la gran motivación de nuestra escapada. Con sus 42.500 hectáreas, se trata del desierto más grande de Europa, declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO.

El desierto se divide en tres zonas: el plano, la Bardena Blanca y la Bardena Negra. Nosotros hicimos un recorrido en coche por la Bardena Blanca, la más desértica de todas y situada justo en el centro.

En concreto, recorrimos la pista de tierra que rodea el polígono de tiro, de unos 22 kilómetros en total, mientras escuchábamos un recopilatorio de la Creedence Crearwater Revival que venía que ni pintado. Nos sentíamos como si estuviéramos en el corazón de la mismísima Arizona.

Cerros, cabezos, cortados, barrancos,… Las fotos del lugar son tan elocuentes y evocadoras que no me voy a molestar en describir el recorrido.

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Merece una mención especial el Castildetierra, la geoformación icónica de las Bardenas Reales. Se trata de un diminuto cabezo de forma piramidal que se ha ido configurando a lo largo de miles de años por la acción del agua y el viento y cuya vida restante se estima en unos 40 años. Su pérdida será irreparable, así que no dudéis ni un instante en visitarlo antes de que suceda.

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Tras la visita de las Bardenas, hicimos una breve parada en Zaragoza para comer un nuevo bocata de calamares y después visitamos las ruinas del pueblo viejo de Belchite, tan interesante que merecerá una entrada propia.

Fitero – Cervera del Río Alhama – Tarazona – Borja

23.9.2012

Dormimos en el Hotel Caracho, en Corella, al sur de Navarra. Muy moderno y confortable.

Como se trataba de una escapada no planificada, decidida en el último momento, tuvimos que improvisar nuestra ruta sobre la marcha.

Sin abandonar Navarra, la primera parada del día la hicimos en Fitero, donde visitamos su principal valor patrimonial: el Monasterio de Santa María la Real, catalogado como Bien de Interés Cultural.

Fundado en el siglo XII, fue el primer monasterio que la Orden del Císter construyó en la Península Ibérica y su iglesia está considerada como una de las más importantes de dicha orden en Europa. Inicialmente estaba alejado respecto al pueblo, pero a partir del siglo XV éste se repobló en torno al monasterio por cuestiones de defensa, convirtiéndolo en uno de los pocos monasterios cistercienses integrados en un pueblo.

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Nos encontrábamos en una encrucijada a partir de la que, en apenas unos kilómetros, nos podíamos plantar en La Rioja, Castilla y León y Aragón, aparte de Navarra. En sólo 2 horas estuvimos en cuatro comunidades autónomas diferentes, sin necesidad de realizar un largo recorrido.

Abandonamos Navarra y dimos la bienvenida a La Rioja. Hubiéramos querido visitar las múltiples huellas de dinosaurios que reunía la zona, pero como no lo habíamos previsto tuvimos que conformarnos con el árbol fósil de Igea-10

Se trata de una conífera fósil del Cretácico Inferior, de más de 120 millones de años y que no fue hallada hasta 1986. Se encuentra en el kilómetro 6,5 de la carretera de Igea a Cornago y está bien señalizada. Aparte del árbol, merecen mucho la pena los paisajes de la zona.

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Antes de abandonar La Rioja, hicimos una breve parada para contemplar Cervera del Río Alhama, enclavado en un barranco creado por el flujo del río bajo los cerros de la Sierra de Alcarama.

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Abandonamos La Rioja y, tras un breve paso sin parada por Castilla y León, llegamos a Aragón.

Queríamos visitar la zona del Moncayo, pero al final lo descartamos porque no íbamos sobrados de tiempo y, quizás, podríamos acercarnos la mañana siguiente si la tarde nos cundía. Lamentablemente, no fue así…

Paramos en Tarazona, situada a los pies del Moncayo y con un patrimonio muy apreciable. En el skyline de la parte alta de la ciudad destacan dos edificaciones: el Palacio Episcopal y la Iglesia de Santa María Magdalena.

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El Palacio Episcopal, de estilo renacentista, fue una antigua Zuda musulmana, reconvertida en palacio a finales del siglo XIV.

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La Iglesia de Santa María Magdalena, cuya construcción se inició a finales del siglo XII, es uno de los monumentos más antiguos de la ciudad. Su altísima torre llama especialmente la atención y, personalmente, me recordó a una de tantas de las que tiene Bolonia.

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En la parte baja de la ciudad, destacan la Catedral de Nuestra Señora de la Huerta de Tarazona y la plaza de toros vieja.

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La plaza de toros vieja estuvo en funcionamiento desde 1792 hasta 1870, momento en el que entró en funcionamiento una plaza nueva. Es una de las plazas de toros más originales de España, por su forma octogonal y por los edificios de viviendas que la rodean, habitadas desde sus inicios hasta la actualidad.

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La Catedral de Nuestra Señora de la Huerta de Tarazona es uno de los paradigmas del mudéjar en España y una de las escasas catedrales edificadas en dicho estilo. Estilismos aparte, lo que más me gustó de ella fue su impresionante cimborrio.

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Comimos muy a gusto un menú del día en el restaurante El Galeón, antes de poner rumbo a otro lugar.

De repente nos apeteció un plan de índole más cultural. ¿Qué podíamos hacer? Creíamos que no lograríamos saciar esta inesperada sed, pero resultó que teníamos a tiro de piedra todo un icono contemporáneo que trasciende más allá de lo que significa arte. Se trataba ni más ni menos que del Ecce Homo, ese paradigma de vanguardismo y transgresión que no dudamos ni un instante en venerar.

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El Ecce Homo se exhibe en el Santuario de Misericordia, situado en las afueras de Borja. La historia de su fallida restauración y del fenómeno que ésta ocasionó es por todos conocida. 

La expectación por ver la obra era absoluta. Pese a que entonces ya cobraban por la visita, tuvimos que hacer cola tanto para comprar nuestra entrada como para que llegara nuestro momento de gloria de estar frente a frente ante su inquietante e hipnótica mirada. Merece la pena romper la costumbre de no incluir fotos nuestras en el blog para conmemorar tan inolvidable momento.

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Creo que fuimos los únicos que hicimos un poco de caso al resto del santuario.

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Tras este momento tan freak, nuestra ilusión era pasar el resto de la tarde en las Bardenas Reales, pero el clima se torció, hubo una tormenta de lluvia y arena, no encontramos el camino correcto y cuando llegamos ya estaba oscureciendo. Dejamos el plan para la mañana siguiente, con un buen sabor de boca tras el anticipo de lo que pudimos ver de la zona.

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