Córdoba

3.9.2011

Sinceramente, no sabía qué esperar de Córdoba. Unos me habían hablado maravillas y otros me aseguraban que una vez vista la mezquita había poco más donde rascar. Pensaba que mi impresión se situaría en un término medio entre ambos extremos, pero me equivoqué: los primeros tenían razón.

El trayecto hasta Córdoba fue toda una epopeya. Nuestra intención era visitar la mezquita antes de las 10h, cuando el acceso es gratuito, teóricamente destinado al culto… ejem. Como de Granada a Córdoba no hay autovía, tuvimos que salir de Granada a las 6, con la cabeza aún buscando acomodo inconscientemente en una almohada imaginaria. Fue realmente duro, sobre todo para mí, como conductor, y más teniendo en cuenta la paliza que llevaba encima tras dos días de turismo intenso por Granada.

Logramos nuestro objetivo y llegamos a Córdoba antes de las 9h, con tiempo más que suficiente para visitar la mezquita con el detenimiento que se merece. Su construcción empezó en el año 786 y a lo largo de los siglos fue objeto de diversas ampliaciones. Tras la de la Meca, llegó a ser la segunda mezquita más grande del mundo, superada posteriormente por la Mezquita Azul de Estambul. Como curiosidad, su muro de la Qibla, que define la dirección hacia la que deben dirigirse las oraciones, no está orientado hacia la Meca, sino unos 51º más hacia el sur.

Reconozco que por las fotos que había visto estaba totalmente predispuesto a que me encantara, pero en ningún caso esperaba encontrarme una sala de columnas tan inmensa. Me cautivó completamente. Pero tengo que hacer una crítica al que se le ocurrió incluir la catedral cristiana justo en medio de la sala musulmana. Me chirrió un poco esa combinación de fes y estilos tan antagónicos.
Me pareció curioso que estuviera permitido hacer fotos del bosque de columnas musulmán y no de la basílica cristiana, cuando, dejando de lado cuestiones de fe, ciñiéndose a turismo puro y duro, lo que más vale la pena es el bosque.

Tras la mezquita, hicimos un recorrido exhaustivo por el centro de la ciudad y fue allí cuando certifiqué que Córdoba es un encanto de ciudad. En primer lugar, paseamos por el barrio de San Basilio. Me gustaron mucho los patios que encontramos, especialmente el de la Asociación de Amigos de los Patios Cordobeses. Espero que pronto consigan declararlos Patrimonio de la Humanidad, tal y como llevan intentando desde hace tiempo.

Pasear por el entramado de calles estrechas de la Judería, en la que en ocasiones hay que contorsionarse para que puedan pasar dos personas a las vez, fue una delicia. De entre todas sus calles, destaco la Calleja de las Flores, por su singular ubicación, con vistas a la torre de la mezquita, y decoración.

Fuera de la ciudad antigua, me gustó mucho el puente romano sobre el Guadalquivir. Muy bien restaurado. Lástima de que el río bajara con tanto barro.
Por la tarde, revisitamos la Judería y los alrededores de la mezquita y luego nos alejamos de la zona en busca del templo romano, construido a lo largo del siglo I D.C y cuyos restos no fueron descubiertos hasta hace relativamente poco, los años 50 del siglo XX, durante las obras de ampliación del ayuntamiento.

Finalmente, fuimos a ver el Cristo de los Faroles, motivados por un buen recuerdo de un anterior viaje de mi madre, e hicimos un recorrido por varias Iglesias Fernandinas, construidas por orden de Fernando III tras la conquista de la ciudad. No estuvo mal pero tampoco fue nada del otro mundo. Finalmente, antes de volver a Granada, pasamos por la concurrida Plaza Corredera, que parece una versión moderna de la Plaza Mayor de Madrid.

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