París 2010 (I)

30.10.2010

Junio de 2004: Abandono París con mucha pena. Dejaba atrás los 8 meses más decisivos de mi vida, 8 meses intensos, felices, tristes y confusos, caracterizados por una montaña rusa emocional por la que unos días me sentía eufórico y otros veía todo negro, pero tras la que gané mucha confianza, determinación y, sobre todo, fuerza ante las adversidades. En una de las paradojas más curiosas de mi vida, a mitad de la beca, en un mal día, empecé a contar los días que me faltaban para terminarla… de manera que cada día, al consultar mi agenda, sabía exactamente los días que me faltaban para volver. Años después me siento ridículo al recordar esto, ya que siento como si en realidad hubiera estado contando los días que me faltaban para despertar de un sueño ahora irrepetible. Prometí volver al menos una vez al año, a lo sumo dos.

Octubre 2010: Han pasado más de 6 años desde que volví de París y por diferentes circunstancias no he vuelto a ella. Lo que se dice un hombre de palabra. Ha pasado tanto tiempo que he idealizado aún más si cabe la ciudad, cada vez que alguien me menciona París se me derrite el corazón y me invade la nostalgia. Soy consciente de que puedo haberme excedido y ahora sentirme decepcionado al volver. Con esa incertidumbre, inicié mi vuelta a París, en lo que también iba a ser una cita con el Bielix de 2003-2004.


Me levanté a la hora a la que habitualmente me voy a dormir, a las 2 de la madrugada, tras 4 horas de dar vueltas en la cama tratando de conciliar el sueño, misión imposible por culpa de mi vecino de abajo. Mi vuelo salía temprano, a las 7, y encima desde Girona, así que tenía que coger un bus nocturno que me acercara hasta allí. Palizón del quince, vamos.

Llegué al aeropuerto de Beauvais antes de la hora prevista y de entrada me llevé un chasco nada más aterrizar. Llovía, estaba previsto que así fuera a ratos, pero la impresión era que no iba a ser una tormenta pasajera. El camino de Beauvais a París me pasó volando. Creo que fue cuando más descansé de toda la noche, de hecho.

Ya en París, seguía lloviendo y el día tenía mala pinta… Iba preparado para la lluvia, pero me parecía un faenón igualmente. Tras media hora de trayecto desde Porte Maillot a Anvers, las nubes se disiparon y al salir del metro ya lucía el sol. Suertaza. El resto del día, el tiempo se contuvo y no volvió a caer gota alguna.

Nada más entrar en el metro, por primera vez tras 6 años, mi rostro dibujó una sonrisa de satisfacción automática al sentir su olor. El poder evocador de ese olor fue tremendo, un olor que iba asociado a un torrente de recuerdos que permanecían dormidos en algún rincón de mi mente y que poco a poco fueron emergiendo.

Hice el check-in en el hostal, cercano a Montmartre, y enseguida zanjé una de las cuentas pendientes que me había marcado. Entré en la primera pastelería que encontré y me comí un pastel mille-feuilles. Al igual que el olor del metro, el poder evocador del pastel fue sorprendente.

Mi primer destino turístico fue precisamente Montmartre, aprovechando que estaba ahí al lado. Nada parecía haber cambiado en el barrio. Quizás me desilusionó un poco ver pocos artistas en la Place du Tertre, o más bien recordaba que había más antes, así como la proliferación de souvenirs de poca monta. Pero aún así el encanto del barrio sigue siendo superior, de ensueño. Con la tontería, pasé toda la mañana callejeándolo hasta el infinito y de todas las maneras: de frente, marcha atrás, a la pata coja, haciendo el moonwalk… Y lo habría recorrido de nuevo por la tarde, de haber tenido más días de viaje. Cada paseo en Montmartre es diferente que el anterior.

Sacré Coeur

Place du Tertre

Place du Tertre

Place du Tertre

Moulin de la Galette

Metro Abbesses

Moulin Rouge

Después de comer, cogí el metro hasta el Arc de Triomphe. Parece mentira que en los 8 meses que viví aquí no conseguí verlo sin andamios, pero es así. Nunca me gustó, porque nunca lo vi, en realidad, ésta era mi primera vez. Y me encantó. Aunque no lo hubiera podido ver del todo bien en su día, no lo recordaba tan grande, tan imponente.

Arc de Triomphe

Seguí mi ruta bajando por la avenida Champs-Élysées. Uno de mis paseos habituales en París era precisamente el que estaba reproduciendo esa tarde, coger el metro hasta el Arc de Triomphe y a partir de ahí improvisar, casi siempre paseando por los Champs-Élysées hacia Les Tuileries.

No soy fan del estereotipo que une París al glamour. No voy a negar que sea acertado, pero no es lo que más me atrae de la ciudad. Ni por asomo. Aún así, no voy a ser tan cabezota como para negar que disfruto como un enano paseando por esta mítica avenida, cada 10 metros encuentras algo que reclama tu atención: un coche de lujo, una cafetería curiosa, etc…

Champs-Élysées

Seguí por los jardines de los Champs-Élysées. Tampoco eran de mis preferidos, supongo porque de tan famosos que son esperaba mucho más de ellos, y no les veo ningún factor diferencial respecto a los demás parques y jardines de la ciudad.

Ya en la Place de la Concorde, me desvié hacia la iglesia de La Madeleine. Al llegar a ella quedé impresionado. Al igual que con el Arc de Triomphe, no la recordaba taaaaaaaaaan enorme, y en este caso no tengo la excusa de los andamios. Espectacular. Sin salir del mismo barrio, antes de dirigirme a Les Tuileries, aproveché para pasar por la Place Vendôme, otro de los epicentros del glamour parisino.

La Madeleine

La Madeleine

Place Vendôme

Les Tuileries eran, junto a los Jardines de Luxemburgo, mis jardines preferidos de París. Como me venían más de paso, también son los que más visité, pero eso no hizo que los aburriera. Al contrario, contra más los visitaba, más me encantaban. Esta visita no fue menos, y aunque iba con la idea de que me iban a encantar, no salí defraudado. Poco hay que decir de ellos, simplemente con su ubicación frente al Louvre, a una orilla del Sena, al final de la avenida de los Champs-Élysées y frente al monolito de la Place de la Concorde… con esas coordenadas, muy feos deberían ser para que no me gustaran. Podría haber ahí un vertedero y sería sin duda un vertedero bello.

Les Tuileries

Place de la Concorde

Les Tuileries

Les Tuileries

Les Tuileries

Les Tuileries

Louvre

Tras visitar las afueras del Louvre, fui hacia el Pont des Arts, otro de mis lugares míticos de París. Una pasarela de madera que para mí lo significaba todo, con una de las mejores vistas de la ciudad: la Île de la Cité a un lado, el Sena con la torre Eiffel muy al fondo al otro.

Pont des Arts

Pont des Arts

île de la Cité desde Pont des Arts

Sena desde Pont des Arts

Aún había bastante luz, pero en poco tiempo iba a empezar a anochecer y mi intención era ver la puesta de sol desde la torre Eiffel, así que sin más dilación empecé a andar hacia allí, a orillas del Sena, pasando por delante del museo del Orsay, por el puente Alexandre III, por la explanada de les Invalides y los Champs de Mars.

Sena y Musée d’Orsay

Puente sobre el Sena

Torre Eiffel desde el Puente Alexandre III

Llegué justo cuando encendieron la torre Eiffel, ya con demasiada oscuridad para lo que quería. Pasé más de hora y media en los alrededores de la torre, cenando de una baguette a palo seco, haciendo pruebas con la cámara desde el Trocadero, etc… Podría decir mil cosas sobre la torre, pero no es plan. Todo lo que pueda decirse se queda corto. Es sentarse frente a ella, dejar pasar el tiempo y sentir lo que es la vida. Nunca dejaría de mirar la torre Eiffel iluminada, me cuesta tanto siempre alejarme de ella…

Tour Eiffel

Tour Eiffel

Tour Eiffel

Ya era bien de noche y tenía dos opciones: ir a descansar a un bar español que conocía, donde daban fútbol español los sábados noche, o bien volver hacia el hostal. Opté por lo segundo, pero con un matiz. No iba a volver en metro, no. Iba a andar sobre mis pasos y volver andando, aunque sabía que tenía por delante más de 2 horas de camino.

Del Trocadero fui hacia el Arc de Triomphe, y de allí nuevamente hacia los Champs-Élysées, puente Alexandre III, Place de la Concorde y La Madeleine. Todo igual que por la tarde, pero al mismo tiempo completamente distinto. París es una ciudad con dos caras, la de día y la de noche, y no hay mito más acertado que la defina como el de la ciudad de la luz.

Arc de Triomphe

Tour Eiffel

Pasé también por la Opéra Garnier, uno de mis edificios preferidos de la ciudad, y después de ella, como con la tontería ya estaba sólo a 20 minutos del hostal, terminé la ruta del día a pie. Había sido un día largo y productivo, así que no me costó nada conciliar el sueño.

Opéra Garnier

Bastó un día para comprobar que mi idilio con París seguía vigente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s