Viaje a Suiza 2010 (VII): Zermatt

30.7.2010

Amaneció igual o peor que el día anterior, pero decidimos arriesgarnos y seguir a muerte con nuestro plan. En caso de que nos viéramos en apuros por la lluvia, siempre habría la posibilidad de coger un teleférico o funicular para volver a Zermatt. Tal cual, como quien coge el metro, en Suiza uno coge teleféricos a 3000 metros de altura. Existe una total integración de este transporte en el día a día del país.

Subimos en cremallera hasta Gonergrat, a 3089 metros de altura, lo que lo convierte en el tren-cremallera más alto de Europa con trayecto al aire libre. Durante el trayecto, el cielo se fue despegando y se entreveía la silueta del Cervino entre las nubes. Confiábamos en que el cielo se despejara aún más para poderlo contemplar con mayor claridad.

Las vistas desde lo alto de Gonergrat son indescriptibles. Inabarcables. E incluso estresantes, ya que uno no sabe dónde centrar su mirada, porque en todos los 360º que le rodean hay algo que reclama su atención: el Cervino, el Monte Rosa (cima más alta de Suiza), el valle de Zermatt e innumerables glaciares que descienden por las laderas de las montañas. Era 30 de julio y nos encontrábamos a 1 grado bajo 0, casi 40º menos que los que se tenían que soportar en España, atacada por una ola de calor. Estuvimos un buen rato en la cima, disfrutando del paisaje, tratándolo de retener en nuestras retinas, y recreándonos con las cámaras. Hicimos fotos para todos los colores e incluso pudimos fotografiar unos San Bernardos, que aún no habíamos visto.

Así se vio el Cervino durante la mayor parte del día

Sobre las 12h, iniciamos el descenso a pie hacia Zermatt. Iba a ser una ruta rompepiernas, no íbamos a sufrir una fatiga como para que nos faltara el aire pero al descender sin cesar un desnivel de 1500 metros durante 6 horas nuestras rodillas y nuestros pies iban a acabar molidos sí o sí.

Ovejas amigas

Ovejas amigas con lengua azul

A medida que descendíamos, la temperatura iba subiendo y entramos en calor. Por entonces, el cielo ya estaba completamente despejado excepto alrededor de una montaña, el Cervino, que como si fuera tímido o nos estuviera tomando el pelo seguía escondido burlonamente tras un manto de nubes que parecían puestas a conciencia a su alrededor para evitar que lo viéramos. A ratos completamente oculto, a ratos no tanto… esa formación de nubes daba vueltas sin parar usando la propia montaña que ocultaba como eje de rotación.

Comimos a la orilla del pequeño lago Grünsee, jugando con los peces que se nos acercaban hambrientos en busca de unos restos de comida. Antes de retomar la ruta, tomamos un chocolate caliente en un restaurante de montaña que encontramos.

Seguimos en dirección al lago de Grindjisee y de él hacia el de Stellisee, pero nos desviamos inconscientemente y tuvimos que volver sobre nuestros pasos. Descansamos nuevamente a la orilla de este último lago, ya que para acceder a él tuvimos que afrontar una pronunciada pendiente durante unos 15 minutos, en lo que sería el único tramo de subida de la excursión. Breve pero intenso. El Cervino nos daba la impresión de estar más despejado que nunca, pero aún faltaba un poco para que pudiéramos verlo entero.

Seguimos rumbo a Sunnegga, donde nos plantearíamos si coger un funicular para llegar antes a Zermatt. No por cansancio, sino por tiempo. Una vez en Zermatt teníamos la intención de hacer otra excursión antes del anochecer hasta Zmutt, desde donde se puede presenciar una afamada puesta de sol con la mejor vista del Cervino.

Camino de Sunnegga, sucedió una de las mejores anécdotas del viaje. José nos adelantaba unos 50 metros, Miguel le seguía a unos 20 y cerrábamos el grupo Nico y yo. De repente, José se detuvo y plantó su cuerpo firmemente con la mirada fija hacia algo que desconocíamos, ya que el desnivel del terreno impedía que lo viéramos. Pensé que habría encontrado el camino cortado o que se habría dado cuenta de que seguíamos un sendero equivocado. Era lo más probable, dados nuestros antecedentes.

A los 10 segundos, José se giró rápidamente y empezó a correr como una exhalación campo a través… Esa reacción nos alarmó, pero seguíamos sin comprender qué sucedía. No había nada que aparentemente justificara tanta alarma… hasta que pasados unos 5 segundos apareció por el horizonte un rebaño de cabras salvajes enfurecidas, corriendo a todo poder hacia José, ordenadas y coordinadas como un mismísimo ejército.

Cabras enemigas

Aunque las teníamos lejos, corrimos hacia atrás una decena de metros para mantener una distancia prudencial respecto a ellas. Las cabras se detuvieron al ver que nos alejábamos, pero permanecieron en alerta bloqueando el camino, marcando su territorio. Cada movimiento que hacíamos con la intención de avanzar era respondido con un avance de las cabras hacia nosotros. No quisimos jugárnosla, así que tuvimos que improvisar un camino de locura campo a través para esquivarlas, bajo su atenta mirada. No nos dejaron de vigilar ni un segundo. Una vez fuera de peligro, no pudimos evitar reírnos sin parar por lo sucedido. Un mes después, aún me parto cuando lo recuerdo.

Como de Sunnegga a Zermatt indicaban hora y poco de camino, decidimos terminar la ruta a pie. A esas alturas del día, yo ya veía improbable lo de la excursión a Zmutt. La falta de luz suponía un riesgo demasiado elevado para emprenderla. De hacerse, yo causaría baja y me quedaría a descansar en el apartamento, ya que me sangraba un dedo del pie por culpa de una uña que me estaba martirizando.

Durante el último tramo de descenso, que atravesaba un precioso y sombrío bosque típico alpino, nos paramos a tomar un refresco en una pequeña aldea que cruzamos, sentados en una terracita, al sol y frente al Cervino. Impagable.

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Llegamos a Zermatt a las 19h. El Cervino seguía encapotado y nosotros estábamos destrozados. Sentarnos en el sofá del apartamento supuso descartar inmediatamente y por unanimidad la excursión de Zmutt.

Zermatt con el Cervino al fondo

Nos relajamos en el apartamento y nos dimos un homenaje merecido a base de pizza precocinada a la que añadimos casi todo lo que nos faltaba por vaciar de la nevera. Sólo nos faltó incluir los cereales, y si no lo hicimos fue porque aún nos quedaba un desayuno en Zermatt.

Había sido una jornada inolvidable, junto al día de Lauterbrunnen la mejor para mí, hasta tal punto de que no haber podido ver el Cervino completamente despejado me parecía hasta cierto punto secundario.

¿Conseguiríamos verlo la mañana siguiente? Nuestras esperanzas se limitaban a 20 minutos, los que dura el trayecto del apartamento a la estación. Con esa duda, nos fuimos a dormir.

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