Viaje a Suiza 2010 (VI): Zermatt

29.7.2010

El primer día en Zermatt fue el día tonto del viaje. Amaneció con lluvia intensa y al mirar el cielo la sensación era que ésa sería la tónica de la jornada. No fallamos en nuestro pronóstico. Cancelamos la ruta prevista y aprovechamos para descansar. Nos lo jugaríamos todo a una carta: el viernes intentaríamos hacer en un sólo día lo previsto para dos, con una pequeña modificación para aunar ambas rutas.

Nos alojamos en un apartamento con una relación calidad-precio más que fabulosa. Baño completo, cocina, terraza, salón grande con dos camas empotradas y una habitación doble muy amplia. Más de lo que podíamos esperar. Nos sentíamos como reyes. Nos sentíamos como suizos.

Por la mañana, jugamos a las cartas para matar el tiempo y al salir el sol fuimos al Coop para comprar provisiones con las que llenar la nevera. Nos dimos el capricho del día al comprar carne y queso para preparar una fondue, aprovechando el instrumental que incluía el apartamento para ello.

Zermatt me encantó, aunque es un pueblo cuya descripción puede resultar engañosa. Que sólo pueda accederse a él en tren y que esté prohibida la conducción por sus calles hace pensar que se trata de un pueblo apartado, inhóspito y diminuto, dejado de la mano de Dios, en el que uno puede encontrar sólo lo mínimo indispensable para pasar unos días. La realidad indica todo lo contrario. Los accesos, aunque limitados al tren, funcionan de maravilla, con una frecuencia que te evita largas esperas, y el pueblo dispone de multitud de alojamientos, restaurantes e incluso ofertas de ocio. Se trata de un pueblo volcado al 100% con su entorno y el carisma del Cervino se palpa en cada esquina. Los coches y los minibuses eléctricos son otra seña de identidad de Zermatt.

Qué mal viven estos suizos…

La fondue me gustó y me disgustó a partes iguales. Por una parte, me niego a decir que un plato que incluye queso fundido y carne no me gustó algo. Estaría yendo en contra de mis principios. Sin embargo, el sabor del queso me pareció demasiado fuerte, con un regusto exagerado a vino, y como éramos novatos nos excedimos con las cantidades al prepararlo, con lo que tuvimos una digestión larga y pesada, con la sensación de tener un bloque de cemento en el estómago. El pestazo que hizo el queso que sobró durante el resto de nuestra estacia en el apartamento es otro punto en contra. Pero puliendo ciertos aspectos repetiría la comida, no lo voy a negar.

Por la tarde, seguimos jugando a cartas y antes del anochecer fuimos a pasear un rato, aprovechando una breve tregua de la lluvia. El Cervino seguía encapotado, y empezamos a temer que no lo podríamos ver. Tomamos un capuccino en una cafetería y el camarero nos trató como a delincuentes. Tal cual. Fue el único momento del viaje en el que me sentí menospreciado. De hecho, fue el único momento en que los suizos no me hicieron sentir como un rey. De vuelta al apartamento, empezó a caer agua-nieve, algo insólito para mí en julio, por mucho que te encuentres en Suiza.

Por la noche, conversamos hasta tarde intentando arreglar el mundo, hasta que nos dimos cuenta de que no tiene arreglo y que lo mejor era desistir e irse a dormir. La previsión del tiempo para el viernes era confusa, había sido favorable durante todo el día, sol radiante y buena temperatura, pero el último pronóstico dio un vuelco y se preveía otro día tormentoso. Algo desanimados, nos fuimos a dormir.

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