Viaje a Suiza 2010 (V): Interlaken – Aletschgletscher – Zermatt

28.7.2010

Cambio de cantón. Del cantón de Berna nos desplazaríamos hacia el sur, al cantón de Valais, asentando nuestro campo base en Zermatt. De camino, visitaríamos el glaciar Alestch y sus inmediaciones.

El camino de Interlaken a Mörel, punto de inicio de nuestra excursión, se me hizo un poco largo, aunque la belleza de los paisajes colmaba el trayecto. Salimos antes de las 10 y no llegamos hasta pasadas las 12, conduciendo en todo momento por carreteras de alta montaña. Decelerar, curva a la derecha, acelerar… decelerar, curva a la izquierda, acelerar… Me encantan este tipo de carreteras, pero tenía las piernas cansadas por el palizón del día anterior y esa mañana se me atragantaron un poco.

Dejamos el coche en Mörel, con la intención de coger un teleférico hasta Riederalp, en la que empezaríamos la ruta a pie. Es increíble como los teleféricos y los cremalleras están integrados en Suiza como un medio de transporte más. Suiza es un país sin límites, capaz de hacer subir un tren hasta 4000 metros ascendiendo por la ladera de un acantilado, como es el caso del Jungfrau.

Empezamos la excursión más tarde de lo previsto, y eso nos condicionó al final de la ruta. En primer lugar, nos dirigimos hasta el puente colgante Belalp-Riederalp, pasando por uno de los bosques de abetos mejor conservados del mundo. Este sendero fue una gozada en su mayor parte, un sube y baja de poca pendiente que se adentraba hacia el interior del bosque, que nos ofrecía una ambiente fresco ideal para caminar. Sin embargo, la última media hora antes de llegar al puente fue una tortura, ya que el suave camino anteriormente descrito se convirtió en un pedregal escarpado cuesta abajo, rozando la verticalidad. Un auténtico rompepiernas.

Al divisar el puente por primera vez, entendimos que nuestro esfuerzo había valido la pena. Lo que uno siente al verlo en un sitio así de inhóspito y sobre todo al cruzarlo es difícil de explicar con palabras. Un puente colgante de 124 metros de largo y a 80 metros de altura sobre el río, aunque la impresión es aún mayor por el efecto que causan las altas montañas de los alrededores y las panorámicas vistas hacia el valle de Mörel, hasta tal punto que se les recomienda a los pacientes cardíacos que no lo crucen. Casi nada.

Es 100% seguro, no hay duda de ello, pero es tan largo y sería tan gótico el hostiazo si se rompiera, que impresiona. Además, el diseño de su suelo está basado en celdas, como si fuera una colmena, a través de las cuales uno puede ver y sentir el abismo bajo sus pies paso tras paso. No tengo miedo a las alturas, pero llegué a sentir vértigo y como que me fallaban las piernas, sobre todo porque soplaba viento y se movía bastante. Una vez cruzado, tu sensación es similar a la que se tiene al bajar de una atracción de gran altura o velocidad.

Comimos al otro lado del puente, de roca a roca y como porque me toca, huyendo de una plaga de avispas. Sin tiempo para el descanso, retomamos nuestra ruta. Tocaba volver sobre nuestros pasos, en primer lugar por el pedregal que antes describí, pero ahora de subida. Tuve momentos de flaqueza y un ligero ataque de flato, pero la urgencia que teníamos por la hora hizo que sacara fuerzas de donde parecía que ya no había para superar ese tramo. Una vez solventado, nos dirigimos por otro camino diferente al de la ida para acercarnos al glaciar Alestch o Aletschgletscher.

El camino que nos condujo hacia él fue precioso, un tramo aéreo con vistas panorámicas del glaciar en todo momento. Nos cruzamos con algún que otro ciervo, pero no pudimos fotografiarlos porque pusieron pies en polvorosa al vernos.

El glaciar Alestch es el más grande de Europa, con 23 km de longitud y más de 120 km² de superficie y declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Cuando uno contempla el glaciar y reflexiona sobre su magnitud, una extraña sensación de insignificancia invade tu cuerpo. Un titanic de 23 kilómetros de hielo surcando un mar entre montañas. Todo el poder y la fuerza de la naturaleza personalizados en un pedazo de hielo.

El tiempo empezaba a condicionarnos más de la cuenta. Eran las 17h y el último teleférico hacia Mörel salía a las 18h. De no llegar a tiempo, tendríamos que bajar hasta el coche andando, lo cual implicaba dos horas más de camino. Según los carteles que nos encontramos, teníamos una hora de camino hasta la estación… estábamos en apuros. Aceleramos nuestro paso, que más que paso rozaba ya el trote, y en 35 minutos recorrimos un camino de teóricamente una hora, y cuesta arriba. Ya en Mörel, nos tomamos un refresco en un bar. Nos lo habíamos ganado.

La excursión había llegado a su fin. Cogimos el coche rumbo a Zermatt, bajo una intensa lluvia. Nos perdimos un par de veces, pero al final encontramos el camino. Dejamos el coche en Täsch, último pueblo al que llega la carretera, ya a Zermatt sólo se puede acceder en tren.

En Zermatt, la lluvia se intensificó y en estas condiciones tuvimos que recorrer todo el pueblo a pie y con los equipajes de toda una semana a nuestras espaldas, buscando nuestro apartamento sin mapa alguno. Épico. Tras 15 minutos de búsqueda, completamente mojados, lo encontramos. Pero ya hablaré de Zermatt y de dicho apartamento en la próxima entrada.

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