Viaje a Suiza 2010 (IV): Lauterbrunnen

27.7.2010

Nos despertamos con la incertidumbre de si podríamos hacer la excursión prevista por el valle de Lauterbrunnen. Abrir la ventana de la habitación y ver el cielo completamente despejado, sin rastro de nubes, fue una auténtica alegría y nos cargó de moral y fuerzas para afrontar el día.

Personalmente, era el día al que tenía más ganas antes del viaje. Una excursión por el mismísimo corazón de los Alpes, caminando entre gigantes de 4000 metros, por uno de los valles que mejor define y ejemplifica el propio concepto de valle, considerado como uno de los más bellos de los Alpes.

Tras media hora de camino en coche, llegamos a Lauterbrunnen, un pequeño pueblo que da nombre al valle en U en el que se encuentra y que iba a suponer el principio de nuestra primera excursión a pie.

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Lauterbrunnen

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Lauterbrunnen

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Lauterbrunnen

La primera media hora de ascensión fue durísima, con una pendiente muy pronunciada en un camino lleno de rocas que dificultaban nuestro paso. Por un momento, me sentí hasta ridículo habiendo depositado tantas ilusiones en un día que inicialmente era una auténtica tortura. Pensaba que me iba a dar algo… Ésta es una constante en mi vida como excursionista, a los primeros síntomas de cansancio me pregunto qué me llamaba a subir una montaña, pero cuando mi cuerpo entra en calor y adquiere el ritmo adecuado encuentro la respuesta y disfruto como un enano. Una vez finalizada la excursión todo lo recorrido me parece épico, independientemente de los kilómetros, y la satisfación que siento es impagable. De nada al infinito, así son mis sentimientos durante una excursión.

Pasada esa primera media hora infernal, tomamos un sendero mucho más llevadero en el que la pendiente se suavizó. Sin embargo, la altitud por la que andábamos aún no era considerable y, aunque las vistas que teníamos frente a nosotros eran impresionantes, lo mejor de la excursión estaba por llegar. Las numerosas cascadas que encontramos por el camino amenizaron este tramo. Al fin y al cabo, Lauterbrunnen significa “sólo cascadas” y uno entiende el porqué nada más entrar en el valle. 72 cascadas posee en total.

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Lauterbrunnen

No fue hasta llegar al valle de Saxeten cuando la excursión empezó a adquirir tintes memorables. Un precioso valle, pequeño pero de manual, con sus riachuelos, sus montañas nevadas, sus prados y sus típicas casitas de montaña. Muy de postal. Nos quedamos con ganas de andarlo con más profundidad, pero nuestra ruta sólo lo bordeaba de pasada.

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Saxeten

El reloj empezaba a apremiarnos, ya que las informaciones que leíamos respecto al tiempo previsto de nuestra ruta eran confusas. Habíamos cometido la imprudencia de no traer comida, ya que habíamos decidido darnos un capricho comiendo en un restaurante de alta montaña, en alguno de los pueblos que encontraríamos durante el camino. Pero tras casi 3 horas de camino ya éramos conscientes de nuestro epic fail, los pueblos no eran pueblos, sino aldeas… qué digo aldeas… cuatro casas cercanas… El miedo a afrontar una excursión de 8h sin comer nos puso un poco nerviosos, pero en vez de venirnos abajo nos lo tomamos con humor. Habíamos pecado de novatos, una mala planificación, pero ya no había nada que hacer, sólo sacar fuerzas y tirar hacia delante.

En esta coyuntura, seguimos caminando rumbo a Mürren, donde había una estación de cremallera en la que depositamos todas nuestras esperanzas de encontrar un restaurante. Fue durante ese tramo, de Saxeten a Mürren, cuando la excursión llegó a su clímax y se ganó un hueco entre los mejores recuerdos de mi vida. Un preciosísimo y agradable tramo aéreo que transcurría por la cornisa del valle, surcando prados verdes llenos de vacas pastando y riachuelos, con unas vistas espectaculares del propio valle y del imponente macizo del Jungfrau. Un golpe de autoridad de la naturaleza, eso es lo que me hizo sentir ese tramo.

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De Saxeten a Mürren

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Momentos Milka

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Jungfrau

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De Saxeten a Mürren

En uno de los riachuelos que encontramos, y con el cansancio haciendo mella en nuestro cuerpo, decidimos sumergir los pies durante 15 minutos. Su efecto fue totalmente reparador, mejor que el de tomar una bebida energética. Con la moral por las nubes y las pilas cargadas, llegamos a Mürren. Por suerte, se trataba de una aldea mínimamente civilizada y entramos sin dudarlo en el primer restaurante que vimos, como si no hubiera un mañana, sin consultar ni los precios ni la carta.

Fue un golpe de suerte que nos merecíamos después de tanto sufrimiento por lo de la comida. Nunca una elección a ciegas de un restaurante había sido tan certera como la nuestra. La camarera-cocinera, más atenta que una madre, no sólo nos cocinó y nos sirvió los platos, sino que también se preocupó de si estábamos cómodos, no paró de ofrecernos mejor acomodo en su terraza, se preocupó por si teníamos frío,… Comimos un plato típico de la zona, basado en pollo asado. Riquísimo. Todo ello, sentados en la terraza del restaurante, con vistas al Jungfrau. Un autohomenaje. Después de toda la paliza que nos habíamos pegado y de los nervios sufridos, todo aquéllo nos supo a gloria, aunque de tanta hambre que había pasado durante la excursión ya casi no tenía apetito.

Tras la comida, la excursión debía iniciar su descenso de vuelta a Lauterbrunnen, pero después de pasar más de una hora sentados nuestras piernas se acogieron al derecho a huelga, así que cogimos un cremallera, en primer lugar, y luego un teleférico para volver hasta el pueblo.

Ya con el coche, conducimos hacia el interior del valle hasta el máximo que permitía la carretera. Nos quedamos con las ganas de visitar la cascada de Trümmelbach, un impresionante salto de agua subterráneo, en el interior de las montañas, pero cuando llegamos ya estaba cerrada.

Antes de volver a Interlaken, dimos un último paseo en coche por el valle de Grindelwald. Coincidió con lo que podríamos considerar el momento áureo del día en lo que a luz se refiere. Todos los colores del valle, en especial el verde, adquirieron una intensidad que embellecía aún más si cabe el paisaje.

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Grindelwald

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Grindelwald

Por la noche, nos tumbamos un rato a la orilla del río antes de cenar, emocionados tras el que había sido uno de los días grandes del viaje.

Nuestros días en Interlaken habían llegado a su fin.

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