London

15.7.2010

BARCELONA – BRISTOL – LONDON

Mi primer día de vacaciones fue un día como de trámite. Traslado de Barcelona a Bristol, vía Ryanair… quiero decir, vía Girona, y de allí a Londres por el módico precio de una libra. ¿Alguien en su sano juicio podría soñar con una tarifa así de económica en un país en el que se premia el engaño como España? Yo, cuanto más salgo fuera del país, más me convenzo de que somos una nación de estafadores y estafados, y yo me sitúo en el segundo bando. Empiezo fuerte, eh? Apenas he hablado de Inglaterra y ya he soltado mi primera puya hacia España.

En principio, una vez en Londres íbamos a salir de fiesta un rato, pero finalmente entre el retraso del bus y el cansancio, la pereza o como queramos llamarlo decidimos descartar la idea. A dormir temprano, que el día siguiente nos esperaba un día muy largo, pero no uno cualquiera. Vero y yo celebrábamos nuestro segundo aniversario juntos y había que celebrarlo por todo lo alto.

Pese a ser un día de traslado permanente de un lado a otro, hubo hueco para una de las anécdotas del viaje. El chófer del bus, aka Luís Aragonés de Megabus, nos deleitó con una conducción virtuosa a todo poder. Recordar su media récord de un frenazo por segundo durante el atasco con el que topamos a la entrada de Londres y marearse es todo uno. Pero ésta es una simple cuestión de destreza al volante, sin más, que no pasará a la historia de este viaje, sólo lo recordaremos al leer este blog. Lo memorable, inolvidable e histórico sucedió a menos de 300 metros de nuestra estación de destino, momento en el que el conductor sintió el rugir de la naturaleza y, ni corto ni perezoso, detuvo el autobús en medio de la calle, haciéndonos creer a todos los pasajeros que habíamos llegado, y se fue corriendo hacia el baño como si no hubiera un mañana. No podía aguantar dos minutos más hasta la estación, no. Esta actitud se define con una sola palabra: crack!

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16.7.2010

LONDON

Oohh… NOOOO!!! No puedo creer que sólo me queden 16 días de vacaciones. El tiempo pasa volando, y en época de vacaciones más aún.

Nos alojamos en el Astor Victoria, en Belgrave Road. Ya había dormido ahí el año anterior y me había causado muy buena impresión. Localización estratégica, personal muy simpático y agradable, desayuno completo y limpieza más que aceptable, tratándose de Londres. Tuvimos una primera noche plácida y tranquila, sin ronquidos, sin entradas triunfales en estado ebrio a media noche,… Me pregunto qué clase de hostal es éste…

Desayunamos más de lo que un estómago puede tolerar a las 8 de la mañana, pues nos esperaba un día largo y completo, y antes de las 10 ya estábamos en la calle. Buena temperatura. No está el cielo despejado al cien por cien, pero no se observaba amenaza de lluvia, que es lo que pedíamos.

Nuestro primer destino fue el Buckingham Palace, pero sólo porque venía de paso. No lo considero especialmente bello, y observarlo y reflexionar sobre la riqueza de la monarquía me pone de mala leche. El primer objetivo real de nuestra ruta era St. James’s Park, el más antiguo de los parques reales de Londres y mi preferido de los que he visitado. No tiene la grandeza de Hyde Park, ni el carácter señorial de Kensington Gardens, pero posee un encanto especial que no soy capaz de describir. Quizás sea la diversidad de fauna que lo habita, con sus entrañables ardillas, sus patos, sus pelícanos, sus cisnes y una especie de nueva cuna… el patocirraptor.

Patocirraptor

St James’s Park

Lo de las ardillas es algo que me tiene totalmente entregado. Dudo que exista otro animal más adorable que éste. Me han robado el corazón, aunque acostumbren a ignorarme cuando trato de alimentarlas. Debe ser que yo aún no he sido capaz de robar el suyo. Al menos en esta ocasión logre que alguna me mostrara un mínimo de atención, aunque intentara alimentarla con una hoja seca.

Ay Piticli bonica…

St. James’s Park

Ola K Ase

St. James’s Park

Seguimos rumbo a Piccadilly Circus, pero de camino encontramos una tienda de productos orientales en la que comimos sushi y edamame. Somos débiles, vemos una oferta de Sushi y picamos como peces. Se ve que las tostadas, el café y los cereales del desayuno nos habían dejado hambrientos.

Hago inciso sobre el tema de este store oriental. ¿Por qué no existen en España establecimientos de este tipo? ¿Cuándo desaparecerán nuestros prejuicios respecto a lo que viene de fuera? Según el tópico, los orientales en España nos dan de comer carne de paloma, ratas y gatos… y no hay que fiarse de ellos, pero como dice una cita célebre… Quien nunca ha salido de su país está lleno de prejuicios.

Piccadilly Circus

Rumbo a Leicester Square, fuimos a buscar las entradas del musical de Queen We Will Rock You en las oficinas centrales de Ticketmaster, pero una vez ahí sufrimos un Epic Fail. En la sede central de Ticketmaster no entregan tickets de Ticketmaster, por muy absurdo que parezca. En qué estaríamos pensando… Nos enviaron directamente al Dominion Theatre, en Tottenham Court Road.

Una vez recogidas las entradas, nos perdimos a conciencia por el Soho. No concibo una visita a un barrio así de peculiar siguiendo un mapa o una ruta preestablecida. Creo que de esa manera uno pierde gran parte del encanto y de la esencia del barrio, un vendaval de sensaciones detrás de cada esquina, una sorpresa paso tras paso.

Carnaby Street

Rematado el Soho, con el clásico paseo por Carnaby Street y alrededores, incluída la calle de la portada del (What’s the Story) Morning Glory, cogimos el metro rumbo a Nothing Hill. Antes de visitar el Portobello Market, comimos en una hamburguesería de la que guardaba muy buen recuerdo. Sobre todo por lo sabrosas que son sus hamburguesas, porque el recuerdo de su precio se ve que lo había vaporizado. 10 libras por plato, el capricho del día, pero valió la pena.

Con el estómago lleno (nótese como cada dos o tres párrafos hablo de comida) y las pilas bien cargadas de nuevo, visitamos al fin el Portobello Market. Todo en sí me encanta, pero tengo debilidad por las paradas de antigüedades. Es indudable el beneficio de la evolución tecnológica, pero no puedo dejar de tener la sensación de que estéticamente cualquier producto pasado es superior.

Vero compró unos zapatos a buen precio. Yo fui tentado por el diablo y entré en Rough Trade con los ojos inyectados en sangre, pero fui fuerte y no compré nada. Al fin y al cabo, el día siguiente tocaba visitar Camden Market y ahí me iba a hartar de tentaciones.

Sobre las 17h, volvimos al hostal para descansar un rato y cambiarnos los zapatos. El Rock nos esperaba!!

A las 19:30 empezó el musical. Pese a no dominar el inglés, lo pude seguir sin apenas dificultades. Ayudó que el argumento fuera bastante plano y sencillo, aunque se me escaparon varios gags. Yo, por si acaso, y para no parecer el espectador raro, reía cuando oía reír al resto de los espectadores. Integración, se llama.

La obra me gustó, sin más. Fue entretenida, que es lo que le pedíamos, y las puestas en escena, pese a la ausencia de varios temazos imprescindibles, fueron correctas. Sobre el argumento, como ya anticipaba en el anterior párrafo, es mejor no alargarse, ya que tiene poca chicha y es un poco forzado, sobre todo al final. Pero como sólo pretendíamos pasar un buen rato salimos satisfecho.

Los momentos frikis de la noche fueron ver a un clon exacto de Chuck Norris a la guitarra y el silencio sepulcral del público al final de la obra, cuando una voz en off de Brian May soltó un discurso por los altavoces, como si el mismísimo Dios estuviera hablando.

¿Problemas de dislexia?

Cenamos unos noodles en un fast food coreano, con un servicio amabilísimo hasta límites casi abrumadores. Basta decir que nos pidieron perdón por la demora en servirnos el plato, cuando no hacía ni 3 minutos que lo habíamos pedido.

Finalmente, tras la cena volvimos al hostal, muertos de cansancio… y a dormir!

Abajo el telón.

We Will Rock You

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17.7.2010

LONDON

Tras saquear nuevamente el buffet del desayuno, hicimos el check-out y antes de las 10 ya estábamos en la calle. No sabíamos ante qué clase de día estábamos, pero resultó ser una jornada muy intensa, aprovechada hasta el fin y marcada por la constante improvisación en nuestros pasos.

Nuestra primera parada fue el Camden Market. Parece increíble la cantidad de gente que puede llegar a reunirse entre 4-5 callejuelas. Puestos a elegir, me gusta más el Portobello Market, tiene un no-sé-qué que Camden no posee, llamémoslo encanto. Pero sería un necio si menospreciara el mercado de Camden. Frikis, abuelos, niños,… todos encontrarán un lugar en este mercado en lo que a compras se refiere.

Camden Town

Vero me compró el vinilo de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de David Bowie, como detalle por nuestro segundo aniversario. Tomamos una rica sidrica, rodeados de españoles, y tras ello comimos un “de todo un poco” oriental, sentados encima de unas vespas habilitadas como asiento. Encanto infinito. Empiezo a dudar si prefiero Camden o Portobello, pese a lo que afirmaba anteriormente.

Asientos de moto en Camden Town

Sobre las 14h, abandonamos Camden y poseídos por nuestra vena más freak decidimos acercarnos hasta Abbey Road. Al estar el metro colapsado, con varias de sus líneas no operativas, nos aconsejaron tomar un bus. Dicho y hecho. Bajamos en Baker Street y después de hacernos la foto de rigor con Sir Sherlock Holmes (al que iba a perseguir durante mis vacaciones, casualmente, ya que en Suiza teníamos previsto visitar el lugar donde murió), cogimos el metro hasta St. John Woods, la parada más cercana al paso de cebra más famoso del mundo.

Elemental, querido Watson…

Baker Street Station

Abbey Road es a Londres lo que el cementerio de Pere Lachaise (y más concretamente, la tumba de Jim Morrison) a París, un lugar de peregrinación de millones de melómanos y mitómanos cortados por un mismo patrón. Uno lo piensa fríamente y dice: pero si es sólo un paso de cebra… Pero lo que no se puede explicar con palabras es lo que evoca ese paso de cebra a millones de fans. Personalmente, contaba con la posibilidad de encontrarnos gente haciéndose la típica foto cruzándolo, pero lo que nos encontramos superó todas mis expectativas. Desde abuelos hasta niños, todos rendidos a la grandeza de los Beatles, buscando su momento de gloria sobre el asfalto.

Naturalidad supina cruzando Abbey Road

Tras varios intentos infructuosos, conseguimos una foto más o menos decente, dadas las condiciones del lugar, y más contentos que unas pascuas nos acercamos a los estudios de Abbey Road. Miles de leyendas y dedicatorias de fans decoran sus muros. Me quedé con las ganas de escribir: la culpa fue de Yoko Ono. Nada transgresor, pues no habría faltado a la verdad.

Leyendas en Abbey Road

Cogimos otro bus para volver al centro de la ciudad. El cansancio empezaba a hacer mella en nuestros cuerpos, y la sensación de haber cumplido ya con nuestro plan de ruta pesaba sobre nosotros, pero aún nos quedaban 7 horas en Londres, aparentemente sin nada que hacer… Había llegado la hora de improvisar.

No teníamos en mente visitar el British Museum. Bajo ningún concepto, además… a mí me daba pereza, ya que me suelen agobiar hasta la amargura los grandes museos. Pero oiga usted, son las 16h, el museo cierra a las 17:30, no tenemos nada que hacer y el bus pasa cerca de él…

Como era de prever en estas circunstancias, acabamos viendo momias y Moáis. Lo poco que vimos nos encantó, hasta tal punto de que en una futura visita a Londres, aka la ciudad inabarcable, tendremos que reservarle un hueco más amplio en nuestra agenda. El museo que me negaba a visitar me había dejado con la miel en los labios y con ganas de más. También hay que decir que mi interés por un museo es inversamente proporcional al número de moneditas que exhibe. No puedo con ellas, me aburren, no las sé valorar y me hacen sentir un inepto, y en el British Museum no faltan… pero las esquivamos.

Mediante otro bus, nos acercamos a Trafalgar Square y, tras una visita relámpago de… 5 segundos… ¿acaso 10?… nuestros ojos divisaron un autobús modelo antiguo. Las ocasiones las pintan calvas y nos abalanzamos hacia él, aprovechando nuestro abono diario de transporte y sin conocer su recorrido. Total, teníamos toda una tarde sin nada que hacer… un paseo en un bus antiguo era una muy buena opción para matar el tiempo.

No teníamos en mente visitar el Tower Bridge ni la catedral de St. Paul. Casualidades de la vida, el autobús nos ha conducido al Tower Bridge pasando por la catedral, sentados en la primera fila del piso superior. Es un encanto indescriptible un trayecto en esos asientos, te hace sentir poderoso e importante.

Bus tradicional

Había amanecido nublado, con amenaza de lluvia, pero llegados a este punto hacía ya un día espectacular, sin rastro de nubes y con una temperatura que nos permitía recordar que estamos en verano.

Había estado dos veces en el Tower Bridge e inmediaciones, pero ninguna me había gustado tanto como ésta. De hecho, consideraba ésta una visita prescindible. La compañía, el tiempo y el ánimo de esta visita improvisada convirtieron al fin el Tower Bridge en un lugar especial para mí.

Vimos al otro lado del río lo que parecía una fiesta turca, aka fiesturki, con música, bebida y comida cual merienda-cena de la ONU. Poseídos por el espíritu de Carpanta, no pudimos evitar cruzar el puente para disfrutarla como unos turcos más. Si muchos pacientes a veces me preguntan si soy turco, merezco este privilegio, como mínimo, ¿no? Comimos una especie de croqueta gigante que no me acuerdo cómo se llamaba pero que estaba deliciosa y compramos humus para la cena. La pena fue que al rato de llegar terminó el guateque, pero pasamos un buen rato, muy divertido.

No teníamos en mente visitar la zona del Big Ben, el parlamento y el London Eye. Casualidades de la vida, la línea que mejor nos iba tomar desde el Tower Bridge nos condujo justamente ahí. De esta manera, sin haberlo premeditado, habíamos visitado casi todos los lugares típicos de la ciudad.

Mientras el sol caía por detrás de Buckingham Palace, cenamos zanahorias con humus sentados en St. James’s Park, jugando con las ardillas entre bocado y bocado. Si no fuera delito, me llevaría una a casa. Al terminar, y ya con la noche sobre nosotros, fuimos a recoger nuestro equipaje al hostal.

Hora de cenar

Nuestro fin de semana londinense llegaba a su fin. Un trayecto visto y no visto por el sueño nos devolvió a Bristol, con un equipaje lleno de buenos recuerdos y anécdotas, reventados pero felices como perdices.

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