Viaje a Suiza 2010 (VIII): Zermatt – Chamounix – Annecy

31.7.2010

Nos despertamos tristes. Aunque técnicamente aún nos quedaban dos días de viaje, la sensación de volver a Barcelona ya era palpable y no nos la podíamos quitar de encima, como si de una losa se tratara. Hicimos las maletas y recogimos el apartamento para dejarlo de la manera más decente posible. Antes de las 9h, ya lo habíamos abandonado.

Nuestro periplo en Zermatt había llegado a su fin, pero el destino nos tenía guardado un broche de oro como despedida. La silueta del Cervino resplandecía sobre un cielo azul y completamente despejado. La montaña perfecta, el modelo que dibujábamos cuando éramos pequeños. Parecía poseer luz propia. Mi deseo de poder ver el Cervino había sido concedido. Durante todo el camino hasta la estación, el poder de seducción de su silueta y su luz atraían mi mirada paso tras paso, casi hipnóticamente. No me cansé de observarlo, habría pasado horas y horas haciéndolo.

Cogimos el tren y en un abrir y cerrar de ojos ya estábamos en Täsch, donde habíamos aparcado el coche tres días antes. Conducimos siguiendo el curso del Ródano hasta Martigny, donde empezamos a subir el Col de la Forclaz, que nos llevaría a Francia. Pasamos la aduana como quien pasa por al lado de una gasolinera en la que no quiere repostar, apenas estaba indicada ni tampoco había nadie que nos indicara que paráramos… Fue una entrada triunfal en Francia, al más puro estilo delincuente.

Abandonar Suiza nos produjo una tristeza infinita. Sentimos el interrumpir de un sueño idílico, de esos que eres conscientes que estás soñando e incluso eres capaz de dirigir su guión tal y como deseas, pero que una vez despierto a mitad del mismo, sin haber llegado a su fin, eres incapaz de retomar por mucho que te concentres.

Sobre las 13h, llegamos a Chamounix, donde hicimos una parada para descansar y comer. No esperábamos nada del otro mundo del pueblo, pero resultó ser encantador, con mucha vida y situado en un entorno espectacular, bajo el macizo del Mont Blanc y los imponentes Dents du Midi. Me quedé con ganas de pasar un día entero ahí y tomar un teleférico increíble que ascendía hasta la Aiguille du Midi, a 3842 metros de altura. Casi nada.

Dents du Midi

El Mont Blanc, la cima redondeada del centro

Tras Chamounix, enfilamos el último tramo de carretera del día rumbo a Annecy, a la que llegamos sobre las 16h. Nos costó encontrar el hotel ya que el GPS de José, rebelado por abandonar Suiza, se negaba a funcionar.

Teníamos muchas esperanzas depositadas en Annecy. Iba a suponer el último coletazo de un viaje ya moribundo, en fase terminal. Y no nos defraudó. Si bien el apodo de “Venecia de los Alpes” le viene un poco grande, como todas las ciudades que se sustentan en la denominación de “la Venecia de ponga aquí una región“, ya que posee un único canal y poco más que recuerde a Venecia. Como si la esencia de Venecia fueran sólo sus canales. Sin embargo, pese a ser uno solo, ese corto canal lo es todo en Annecy. Recorrimos su orilla varias veces, de arriba a abajo, de abajo a arriba, de día y de noche, y el casco antiguo que se encuentra a su alrededor. Concentra toda la vida de la ciudad en apenas 200-300 metros. No nos cansamos de andar, cada vuelta que dábamos nos permitía descubrir algo nuevo que nos había pasado desapercibido.

Antes de cenar, dimos una vuelta en lancha al gran lago de Annecy, de 27 km². Caprichos de turista, pero valió la pena. Queríamos que nuestro último día de viaje fuera especial, por todo lo alto, y no racaneamos ni un céntimo para que así fuera. Cenamos un delicioso entrecot al roquefort y después de dar un último paseo en torno al canal volvimos al hotel.

C’est fini… Intentábamos evitar el tema, pero sabíamos que sólo nos quedaba un día e iba a ser de retorno casi todo el rato. Tan satisfechos como apenados, nos fuimos a dormir.

Viaje a Suiza 2010 (VII): Zermatt

30.7.2010

Amaneció igual o peor que el día anterior, pero decidimos arriesgarnos y seguir a muerte con nuestro plan. En caso de que nos viéramos en apuros por la lluvia, siempre habría la posibilidad de coger un teleférico o funicular para volver a Zermatt. Tal cual, como quien coge el metro, en Suiza uno coge teleféricos a 3000 metros de altura. Existe una total integración de este transporte en el día a día del país.

Subimos en cremallera hasta Gonergrat, a 3089 metros de altura, lo que lo convierte en el tren-cremallera más alto de Europa con trayecto al aire libre. Durante el trayecto, el cielo se fue despegando y se entreveía la silueta del Cervino entre las nubes. Confiábamos en que el cielo se despejara aún más para poderlo contemplar con mayor claridad.

Las vistas desde lo alto de Gonergrat son indescriptibles. Inabarcables. E incluso estresantes, ya que uno no sabe dónde centrar su mirada, porque en todos los 360º que le rodean hay algo que reclama su atención: el Cervino, el Monte Rosa (cima más alta de Suiza), el valle de Zermatt e innumerables glaciares que descienden por las laderas de las montañas. Era 30 de julio y nos encontrábamos a 1 grado bajo 0, casi 40º menos que los que se tenían que soportar en España, atacada por una ola de calor. Estuvimos un buen rato en la cima, disfrutando del paisaje, tratándolo de retener en nuestras retinas, y recreándonos con las cámaras. Hicimos fotos para todos los colores e incluso pudimos fotografiar unos San Bernardos, que aún no habíamos visto.

Así se vio el Cervino durante la mayor parte del día

Sobre las 12h, iniciamos el descenso a pie hacia Zermatt. Iba a ser una ruta rompepiernas, no íbamos a sufrir una fatiga como para que nos faltara el aire pero al descender sin cesar un desnivel de 1500 metros durante 6 horas nuestras rodillas y nuestros pies iban a acabar molidos sí o sí.

Ovejas amigas

Ovejas amigas con lengua azul

A medida que descendíamos, la temperatura iba subiendo y entramos en calor. Por entonces, el cielo ya estaba completamente despejado excepto alrededor de una montaña, el Cervino, que como si fuera tímido o nos estuviera tomando el pelo seguía escondido burlonamente tras un manto de nubes que parecían puestas a conciencia a su alrededor para evitar que lo viéramos. A ratos completamente oculto, a ratos no tanto… esa formación de nubes daba vueltas sin parar usando la propia montaña que ocultaba como eje de rotación.

Comimos a la orilla del pequeño lago Grünsee, jugando con los peces que se nos acercaban hambrientos en busca de unos restos de comida. Antes de retomar la ruta, tomamos un chocolate caliente en un restaurante de montaña que encontramos.

Seguimos en dirección al lago de Grindjisee y de él hacia el de Stellisee, pero nos desviamos inconscientemente y tuvimos que volver sobre nuestros pasos. Descansamos nuevamente a la orilla de este último lago, ya que para acceder a él tuvimos que afrontar una pronunciada pendiente durante unos 15 minutos, en lo que sería el único tramo de subida de la excursión. Breve pero intenso. El Cervino nos daba la impresión de estar más despejado que nunca, pero aún faltaba un poco para que pudiéramos verlo entero.

Seguimos rumbo a Sunnegga, donde nos plantearíamos si coger un funicular para llegar antes a Zermatt. No por cansancio, sino por tiempo. Una vez en Zermatt teníamos la intención de hacer otra excursión antes del anochecer hasta Zmutt, desde donde se puede presenciar una afamada puesta de sol con la mejor vista del Cervino.

Camino de Sunnegga, sucedió una de las mejores anécdotas del viaje. José nos adelantaba unos 50 metros, Miguel le seguía a unos 20 y cerrábamos el grupo Nico y yo. De repente, José se detuvo y plantó su cuerpo firmemente con la mirada fija hacia algo que desconocíamos, ya que el desnivel del terreno impedía que lo viéramos. Pensé que habría encontrado el camino cortado o que se habría dado cuenta de que seguíamos un sendero equivocado. Era lo más probable, dados nuestros antecedentes.

A los 10 segundos, José se giró rápidamente y empezó a correr como una exhalación campo a través… Esa reacción nos alarmó, pero seguíamos sin comprender qué sucedía. No había nada que aparentemente justificara tanta alarma… hasta que pasados unos 5 segundos apareció por el horizonte un rebaño de cabras salvajes enfurecidas, corriendo a todo poder hacia José, ordenadas y coordinadas como un mismísimo ejército.

Cabras enemigas

Aunque las teníamos lejos, corrimos hacia atrás una decena de metros para mantener una distancia prudencial respecto a ellas. Las cabras se detuvieron al ver que nos alejábamos, pero permanecieron en alerta bloqueando el camino, marcando su territorio. Cada movimiento que hacíamos con la intención de avanzar era respondido con un avance de las cabras hacia nosotros. No quisimos jugárnosla, así que tuvimos que improvisar un camino de locura campo a través para esquivarlas, bajo su atenta mirada. No nos dejaron de vigilar ni un segundo. Una vez fuera de peligro, no pudimos evitar reírnos sin parar por lo sucedido. Un mes después, aún me parto cuando lo recuerdo.

Como de Sunnegga a Zermatt indicaban hora y poco de camino, decidimos terminar la ruta a pie. A esas alturas del día, yo ya veía improbable lo de la excursión a Zmutt. La falta de luz suponía un riesgo demasiado elevado para emprenderla. De hacerse, yo causaría baja y me quedaría a descansar en el apartamento, ya que me sangraba un dedo del pie por culpa de una uña que me estaba martirizando.

Durante el último tramo de descenso, que atravesaba un precioso y sombrío bosque típico alpino, nos paramos a tomar un refresco en una pequeña aldea que cruzamos, sentados en una terracita, al sol y frente al Cervino. Impagable.

Instantes publicitarios

Llegamos a Zermatt a las 19h. El Cervino seguía encapotado y nosotros estábamos destrozados. Sentarnos en el sofá del apartamento supuso descartar inmediatamente y por unanimidad la excursión de Zmutt.

Zermatt con el Cervino al fondo

Nos relajamos en el apartamento y nos dimos un homenaje merecido a base de pizza precocinada a la que añadimos casi todo lo que nos faltaba por vaciar de la nevera. Sólo nos faltó incluir los cereales, y si no lo hicimos fue porque aún nos quedaba un desayuno en Zermatt.

Había sido una jornada inolvidable, junto al día de Lauterbrunnen la mejor para mí, hasta tal punto de que no haber podido ver el Cervino completamente despejado me parecía hasta cierto punto secundario.

¿Conseguiríamos verlo la mañana siguiente? Nuestras esperanzas se limitaban a 20 minutos, los que dura el trayecto del apartamento a la estación. Con esa duda, nos fuimos a dormir.

Viaje a Suiza 2010 (VI): Zermatt

29.7.2010

El primer día en Zermatt fue el día tonto del viaje. Amaneció con lluvia intensa y al mirar el cielo la sensación era que ésa sería la tónica de la jornada. No fallamos en nuestro pronóstico. Cancelamos la ruta prevista y aprovechamos para descansar. Nos lo jugaríamos todo a una carta: el viernes intentaríamos hacer en un sólo día lo previsto para dos, con una pequeña modificación para aunar ambas rutas.

Nos alojamos en un apartamento con una relación calidad-precio más que fabulosa. Baño completo, cocina, terraza, salón grande con dos camas empotradas y una habitación doble muy amplia. Más de lo que podíamos esperar. Nos sentíamos como reyes. Nos sentíamos como suizos.

Por la mañana, jugamos a las cartas para matar el tiempo y al salir el sol fuimos al Coop para comprar provisiones con las que llenar la nevera. Nos dimos el capricho del día al comprar carne y queso para preparar una fondue, aprovechando el instrumental que incluía el apartamento para ello.

Zermatt me encantó, aunque es un pueblo cuya descripción puede resultar engañosa. Que sólo pueda accederse a él en tren y que esté prohibida la conducción por sus calles hace pensar que se trata de un pueblo apartado, inhóspito y diminuto, dejado de la mano de Dios, en el que uno puede encontrar sólo lo mínimo indispensable para pasar unos días. La realidad indica todo lo contrario. Los accesos, aunque limitados al tren, funcionan de maravilla, con una frecuencia que te evita largas esperas, y el pueblo dispone de multitud de alojamientos, restaurantes e incluso ofertas de ocio. Se trata de un pueblo volcado al 100% con su entorno y el carisma del Cervino se palpa en cada esquina. Los coches y los minibuses eléctricos son otra seña de identidad de Zermatt.

Qué mal viven estos suizos…

La fondue me gustó y me disgustó a partes iguales. Por una parte, me niego a decir que un plato que incluye queso fundido y carne no me gustó algo. Estaría yendo en contra de mis principios. Sin embargo, el sabor del queso me pareció demasiado fuerte, con un regusto exagerado a vino, y como éramos novatos nos excedimos con las cantidades al prepararlo, con lo que tuvimos una digestión larga y pesada, con la sensación de tener un bloque de cemento en el estómago. El pestazo que hizo el queso que sobró durante el resto de nuestra estacia en el apartamento es otro punto en contra. Pero puliendo ciertos aspectos repetiría la comida, no lo voy a negar.

Por la tarde, seguimos jugando a cartas y antes del anochecer fuimos a pasear un rato, aprovechando una breve tregua de la lluvia. El Cervino seguía encapotado, y empezamos a temer que no lo podríamos ver. Tomamos un capuccino en una cafetería y el camarero nos trató como a delincuentes. Tal cual. Fue el único momento del viaje en el que me sentí menospreciado. De hecho, fue el único momento en que los suizos no me hicieron sentir como un rey. De vuelta al apartamento, empezó a caer agua-nieve, algo insólito para mí en julio, por mucho que te encuentres en Suiza.

Por la noche, conversamos hasta tarde intentando arreglar el mundo, hasta que nos dimos cuenta de que no tiene arreglo y que lo mejor era desistir e irse a dormir. La previsión del tiempo para el viernes era confusa, había sido favorable durante todo el día, sol radiante y buena temperatura, pero el último pronóstico dio un vuelco y se preveía otro día tormentoso. Algo desanimados, nos fuimos a dormir.